DOS RAZONES POR LAS QUE NO SOMOS QUEBRANTADOS

DOS RAZONES POR LAS QUE NO SOMOS QUEBRANTADOS
¿Por qué muchas personas permanecen sin ningún cambio, a pesar de estar por años bajo la obra quebrantadora del Señor?
¿Y por qué otros tienen una voluntad férrea, una parte afectiva o mente tan fuerte, y aún así, el Señor puede quebrantarlos?
Existen dos razones por las cuales sucede esto. La primera razón es que éstos viven en tinieblas y no pueden ver la mano de Dios en acción. Dios ciertamente está activo quebrantándolos, pero ellos no están conscientes de ello. Como no viven en la luz, su visión es muy reducida. Sólo ven a los hombres y piensan que éstos son sus adversarios. O le dan demasiada importancia a las circunstancias; las culpan de todo y se quejan de que son muy difíciles. Que el Señor nos conceda revelación para que podamos ver la mano de Dios obrando. Que podamos arrodillarnos y decir: “Señor, esto procede de Ti. Sí, creo que esto viene de Ti, y lo acepto”. Al menos debemos saber de quién es la mano que nos disciplina. Debemos reconocer esa mano y comprender que el quebrantamiento no proviene del mundo, de nuestra familia ni de los hermanos de la iglesia. Debemos ver que es la mano de Dios la que nos disciplina. Deberíamos aprender de la señora Guyón, quien besaba y estimaba esta mano. Tenemos que recibir esta luz para aceptar y creer todo lo que el Señor hace, pues El jamás se equivoca.
La segunda razón por la que muchos no son quebrantados es porque se aman demasiado a sí mismos. El amor propio es un gran obstáculo para el quebrantamiento. Tenemos que rogar al Señor que quite de nosotros todo amor propio. Cuando Dios lo arranca de nosotros, tenemos que adorarle diciendo: “Señor, si ésta es tu obra, la acepto de todo corazón”. Debemos recordar que todo mal entendido, toda queja y toda inconformidad se originan en el amor que nos tenemos en secreto. Debido a que nos amamos a nosotros mismos secretamente, tratamos de salvarnos. Muchas veces los problemas se originan en nuestros intentos de salvarnos a nosotros mismos.
Aquellos que conocen al Señor van a la cruz sin tomar el vinagre mezclado con hiel. Muchos van a la cruz de mala gana; toman el vinagre con hiel tratando de atenuar sus sufrimientos. Aquellos que dicen: “La copa que el Padre me dio, ¿no la beberé?”, no tomarán la copa de vinagre con hiel. Sólo tomarán una de las dos copas, no ambas. Estos no se aman a sí mismos. El amor propio es la raíz de nuestro problema. Que el Señor nos hable interiormente para que oremos diciendo: “Dios mío, ahora entiendo que todo proviene de Ti; todas mis experiencias durante los últimos cinco, diez o veinte años han venido de Ti y han tenido el único propósito de que Tu vida se exprese en mí. He sido insensato por no haberlo visto antes. Por causa de mi amor propio he hecho lo posible por salvarme a mí mismo y he desperdiciado mucho de Tu tiempo. Ahora entiendo que esto ha sido obra de Tu mano, y me consagro sinceramente a Ti. Vuelvo a encomendar mi vida en Tus manos”.

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