LA IMPORTANCIA DEL QUEBRANTAMIENTO

Lectura bíblica: Jn. 12:24; He. 4:12-13; 1 Co. 2:11-14; 2 Co. 3:6; Ro. 1:9; 7:6; 8:4-8; Gá. 5:16, 22-23, 25

Tarde o temprano todo siervo de Dios descubre que el obstáculo más grande para su labor es él mismo y se da cuenta que su hombre exterior no está en armonía con su hombre interior. El hombre interior va en una dirección, y el hombre exterior, en otra. El hombre exterior no se sujeta al gobierno del espíritu ni anda conforme a los elevados requisitos de Dios;

además, constituye el obstáculo más grande para la labor del siervo de Dios y le impide usar su espíritu. Todo siervo de Dios debe ejercitar su espíritu para mantenerse en la presencia de Dios, conocer Su palabra, percatarse de la condición del hombre, transmitir la palabra de Dios, y percibir y recibir la revelación divina; todo esto lo hace con su espíritu. Sin embargo, el hombre exterior lo incapacita y le impide utilizar su espíritu. Muchos siervos del Señor no son aptos para Su obra, debido a que nunca han sido quebrantados por el Señor de una manera completa. Sin el quebrantamiento, prácticamente no son aptos para realizar ninguna tarea. Todo entusiasmo, celo y clamor son vanos. Este quebrantamiento es fundamental y es la única manera en que uno llega a ser un vaso útil para el Señor.

EL HOMBRE INTERIOR Y EL HOMBRE EXTERIOR


En Romanos 7:22 dice: “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios”. Nuestro hombre interior se deleita en la ley de Dios. Efesios 3:16 dice: “Fortalecidos con poder en el hombre interior por Su Espíritu”. Y en 2 Corintios 4:16 Pablo dijo: “Aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día”. La Biblia divide nuestro ser en el hombre interior y el hombre exterior. Dios habita en el hombre interior, y lo que está fuera del hombre interior, en donde Dios habita, es el hombre exterior. En otras palabras, el hombre interior es nuestro espíritu, mientras que la persona con la que los demás tienen contacto es el hombre exterior. Nuestro hombre interior utiliza nuestro hombre exterior como vestidura. Dios depositó en nosotros, esto es, en nuestro hombre interior, Su Espíritu, Su vida, Su poder y Su misma persona. Fuera de nuestro hombre interior se encuentran nuestra mente, nuestra voluntad y el asiento de nuestras emociones; exterior a todo esto tenemos nuestro cuerpo, nuestra carne. Para poder servir a Dios, el hombre debe liberar su hombre interior. El problema básico de muchos siervos de Dios radica en que su hombre interior no encuentra salida a través de su hombre exterior. El hombre interior debe abrirse paso por el hombre exterior a fin de ser liberado. Tenemos que ver claramente que el principal obstáculo en la obra somos nosotros mismos. Si nuestro hombre interior se encuentra aprisionado, nuestro espíritu se halla confinado y no puede salir fácilmente. Si no hemos aprendido a abrirnos paso por nuestro hombre exterior con nuestro espíritu, no podremos servir al Señor. Nada nos estorba tanto como nuestro hombre exterior. La eficacia de nuestra labor depende de cuánto haya quebrantado el Señor nuestro hombre exterior, y de que el hombre interior se libere por medio del hombre exterior quebrantado. Este es un asunto fundamental. El Señor tiene que deshacer nuestro hombre exterior para abrirle paso a nuestro hombre interior. Tan pronto como nuestro hombre interior se libera, muchos pecadores recibirán bendición y muchos creyentes recibirán gracia.

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